Desde que por fin llegó el frío a Madrid solo he escuchado la música de Él Mató. Para otro día, o para otras personas, queda el análisis de este impulso tan humano de recrearnos en nuestro propio dolor y consumir o convivir con experiencias que representen lo que sentimos, aunque eso impida que se cierre la herida. ¿No sería más fácil distraerse hasta que escampe?
Volviendo a Él Mató, es uno de esos grupos que tal vez no tengan nada ‘especial’, pero cuya forma de transmitir les hace únicos. Recuerdo cuando le decían a Noel Gallagher que siempre usaba los mismos acordes, y él se reía. Y se reía porque era verdad, pero también porque nunca necesitó mucho más. Nunca necesitó ser un virtuoso ni musical ni líricamente para ser un gran compositor y crear varias de las canciones más recordadas de la historia de la música.
A esto es a lo que quiero llegar: a transmitir, que es, para mí, lo que hace grande a un artista. Más allá de técnicas, la sinceridad y la sensibilidad son claves para que la obra represente a su autor y hacen que el ‘consumidor’ de la misma pueda verse reflejado en ella, pueda sentir a través de ella, o incluso vivirla.
Hay varias canciones y cientos de frases que, durante estas últimas semanas de obsesión con la banda argentina, me han hecho pensar. Pero la última llegó hoy, escuchando Súper Terror (2023). En ‘Moderato’, Santi dice "¿Dónde estaríamos hoy sin nada de esto?".
Creo que bien entendido -o al menos de otra forma-, es un verso positivo. Tal vez solo se pregunta qué sería de él si no hubiese montado una banda de rock con sus amigos de la infancia y aquellas guitarras guardadas en el placard, como narra en ‘Más o menos bien’. Pero, visto desde otro ángulo, puede entenderse como una representación interesante del sentimiento de nostalgia, lo desgarrador de no solo echar de menos el pasado, sino también el futuro.
Creo que fue Paolo Sorrentino a quien escuché decir que la base para ser feliz es la obsesión, siendo la obsesión en este caso entendida como una ilusión: encontrar algo por lo que morir o, sin sonar tan drástico, algo por lo que levantarse por las mañanas. Evidentemente todos estos 'algo' que vengo mencionando pueden sustituirse, y creo que habitualmente se hace, por un 'alguien'. No solo por lo que ese 'alguien' ofrece en el presente, sino porque una arista más del sentimiento, de este amor al que me estoy refiriendo, es la ilusión de lo que vendrá, la idea de compartir una vida juntos y la torpeza de darlo por hecho.
Esto último es normal, es fruto de la ilusión. De la ilusión y de la obsesión de la que venimos hablando. Pero en «darlo por hecho» está la clave, es lo habitual, pero es peligroso por dos factores.
Primero porque muchas veces uno se centra tanto en los planes que tiene a futuro que se olvida de cuidarlos en el presente. Cuando alguien quiere a otra persona, debe cuidarla hoy, y mañana, y pasado. Todos los días. No puede dar por hecho que va a tener toda la vida por delante para hacerlo y permitirse obviar lo que sucede en el día a día.
Y segundo porque cuando las cosas no salen como uno espera, el dolor es más fuerte. Más fuerte porque será en tres direcciones: en pasado, por lo que se vivió; en presente, por la rutina que se perdió; y, sobre todo, en futuro, porque todas estas frases, promesas e ilusiones se quedan en nada.
Y cuando eso pasa, uno acaba atormentándose con miles de preguntas en las tres direcciones, pero son solo las del futuro las que no tienen respuesta. «¿Dónde estaríamos hoy?» sería una, hasta el punto de sentir la necesidad de escribir un texto, algo insulso, a partir de ella.
Cenando con mis padres. Hoy estaríamos cenando con mis padres porque han venido a Madrid y querrían verte.