Ya está aquí. Por fin tenemos señales de que se acerca, de que han pasado estos cuatro años y la Copa del Mundo está a la vuelta de la esquina.
Pensando en escribir este texto me vino a la mente la típica pregunta que se plantea al recordar estos grandes eventos: ¿Dónde estabas ese día?, después de responderla en mi cabeza, de recordar la imagen de Messi levantando la copa, pensé en reformularla; ¿Qué ha pasado desde ese momento? Me parece una buena forma de hacer balance, pensar en todo lo que sigue igual, en todo lo que cambió y en lo que no cambió, pero debió hacerlo.
Y es que más allá de lo futbolístico, de lo espectacular o incluso de lo "patriótico", la Copa del Mundo tiene algo de eso: funciona a veces como una especie de «hito», como un punto desde el que apoyarse para mirar atrás. En parte, este sentido se lo da el hecho de que se celebre cada cuatro años, una medida lo suficientemente grande como para que cada edición se corresponda con una etapa distinta a la anterior y podamos recordar lo que pasaba dentro del campo junto a lo que éramos entonces.
Me pongo de ejemplo a mi mismo, que me he mudado tres veces en estos últimos años y puedo hacer una correlación entre los lugares en los que viví, con quién lo hice y los últimos mundiales. Así puedo afirmar también, por poner un ejemplo más concreto, que el de 2018 fue el último verano que mi padre vivió en París, ya que recuerdo el calor que hacía en aquel pequeño apartamento de Boulogne-Billancourt cuando Iago fallaba el fatídico penalti de San Petersburgo.
Otro análisis –el que pretendía hacer antes de que me surgiera esa pregunta– tiene que ver con lo descomunal del evento, con lo extraordinario de lo que estamos viviendo. En realidad, este también se puede realizar desde la perspectiva de los cuatro años, los benditos cuatro años de espera que hacen que el torneo sea único. Ya que lo habitual en la vida de un futbolista, por muy bueno e importante que sea, es jugarlo unas pocas veces, y las probabilidades de ganarlo, muy bajas.
Esto siempre va a provocar que las espectativas del público general cuando ese día llegue sean muy altas. Porque el público general tiene muchas ganas de mitificar el presente, tiene muchas ganas de sentir que está viviendo algo histórico y de poder decir a los cuatro vientos que él estuvo ahí, que él vivió eso. Pero lo más sorprendente es que cuando al final no es para tanto -porque la mayoría de cosas no son para tanto- empiece a renegar de ello. Renegar del presente, porque no cumplió sus expectativas, y mitificar el pasado. La mayoría de veces desde la nostalgia, pero últimamente, en los más jóvenes sobre todo, percibo una mirada desde la envidia. La tendencia a envidiar a quien sí vivió algo y puede echarlo de menos.
Es una situación curiosa, o al menos puede parecerlo, la de envidiar a un nostálgico, pero como se reflexiona en Princesas, de León de Aranoa, la mayor rareza de este sentimiento es que toda esta tristeza, toda esta angustia, se construye sobre buenos recuerdos. Entonces sí, aquel que no ha tenido la oportunidad de sentir pena por su pasado, puede vivir celoso del atormentado, del que siente que no disfrutó lo suficiente, que nunca se llegó a dar cuenta de que algún día todo esa felicidad sería un recuerdo.
Algo así sucede entre nosotros, los aficionados al fútbol. Ese sentimiento de «no lo viví, pero me habría encantado hacerlo», ese sentimiento de envidia a quien sí lo hizo, o a quien sí lo puede recordar, se está popularizando últimamente. Me vienen a la mente aquellas declaraciones de Endrick sobre Bobby Charlton o los múltiples comentarios sobre vídeos de grandes jugadores o grandes eventos de la historia del fútbol: las jugadas de Maradona, los goles de Pelé, el penalti de Baggio o lo más popular últimamente, al menos en mi algoritmo, el Mundial de 2006 y su "lluvia de estrellas".
Yo, como muchos otros de los que se sorprenden con las imágenes de Messi y Cristiano entre los Zidane, Kaká o Beckham en la Copa del Mundo de Alemania, nací a principios de siglo, por lo que sí que lo viví, pero no lo recuerdo. Después de que estos vídeos me sorprendieran, investigué un poco sobre este evento y descubrí que, por mucho que leer todos esos nombres juntos llame la atención, lo cierto es que en 2006 una gran parte de ellos estaba a punto de retirarse, mientras que la otra tan solo empezaba a dar sus primeros pasos en el fútbol de más alto nivel.
Con esto no le quiero quitar nada de hierro a un evento que ni siquiera viví, evidentemente. Pero me es inevitable preguntarme si estamos en un caso más de veneración exagerada del pasado, algo así como en Midnight In Paris, de Woody Allen: me pregunto si alguien durante la celebración de Alemania 2006 diría que, por ejemplo, Italia 90 era el "verdadero fútbol", o si alguien en Roma en 1990 diría lo mismo de Alemania 74 y el torneo de Gerd Müller… y así podríamos entrar en un bucle prácticamente infinito, cuando en realidad mucho de lo que nos hace adorar de esta forma el pasado no está en lo táctico, ni en lo espectacular del juego, sino en lo que se comentaba al principio de este texto, en el momento y en la forma de vivirlo.
Mi padre pierde la cabeza por Italia 90 porque era joven, universitario y veía el fútbol con la ilusión que eso conllevaba, no porque el deporte haya cambiado, que es evidente que lo ha hecho, pero no creo que sea lo importante. Lo mismo pasa con las navidades, los cumpleaños u otros eventos del estilo, la ilusión se pierde, es inevitable. Por ello tendemos a recordar con añoranza y melancolía los tiempos en los que esta especie de «tanque» en el que guardamos este sentimiento seguía lleno, cuando cosas corrientes o completamente banales seguían consiguiendo hacernos felices. Pero el presente no está tan mal, o al menos no es tan distinto, igual hemos cambiado nosotros y ya no conseguimos verlo con los mismos ojos.
Yo no puedo saber actualmente lo que supuso vivir un torneo como aquel en el que Italia ganó su cuarta copa, es una sensación que nunca podré experimentar. Tampoco podré hacer un revisionado desde la nostalgia, pero sí que me interesa recuperarlo para echarle un vistazo con curiosidad, distancia y algo de envidia. Aunque también por la necesidad de saciar esta fiebre mundialista que generó en mi el infame sorteo del otro día. Es por ello que, 20 años después, he visto a Alemania meterle cuatro goles a Costa Rica en el encuentro inaugural de Múnich y que mi siguiente parada es un Polonia - Ecuador al que le tengo, sorprendentemente, bastantes ganas.